¿Evolución digital o involución moral? Los nuevos medios en Ecuador

El entorno mediático digital de Guayaquil se encuentra en una encrucijada ética. Con el auge de las redes sociales y las plataformas de streaming, se nos ha vendido la idea de que estamos viviendo una «evolución» del entretenimiento. Quienes defienden producciones de carácter masivo como La Casa 593 o los realities de supuesta competencia como BLN, argumentan que estos formatos representan el progreso de la industria: mayor monetización directa, contenidos libres de censura estatal y una respuesta inmediata a los estímulos que premia el algoritmo. Sin embargo, si analizamos el fondo de lo que se está transmitiendo, resulta evidente que no estamos ante una evolución, sino ante una degeneración total, cómoda y acelerada de la comunicación.

El legado de las décadas doradas: cultura, respeto y preparación en la televisión ecuatoriana

Para entender la magnitud del problema, basta con hacer un ejercicio de memoria y mirar hacia las décadas de los 80 y 90. Si en aquella época hubiesen existido las redes sociales tal como las conocemos hoy, la masa igualmente habría viralizado y monetizado el contenido. La diferencia crucial radica en qué se le entregaba a la audiencia. En esos años, la televisión ecuatoriana contaba con referentes de la talla de Bernard Fougères, con su alta cultura en El Show de Bernard, o Lucho Gálvez, cuya presencia proyectaba rectitud y un manejo impecable del lenguaje. Tampoco podemos olvidar el impacto de María Rosa, quien a través de su recordado segmento de etiqueta, protocolo y desarrollo personal, educaba con elegancia a las familias ecuatorianas sobre las buenas costumbres. Figuras respetables como ellos construían su masiva audiencia desde la preparación académica, la cultura y el respeto absoluto al televidente.

Consumíamos programas de concursos con argumentos reales como ¿Quién sabe, sabe?, conducido por Anita Buljubasich y Pancho Cabanillas, un espacio que ponía en primer plano el orgullo por el estudio y el conocimiento. La franja infantil y familiar no se quedaba atrás; en lugar del vacío actual, las pantallas locales se llenaban de producciones como Plaza Sésamo, Los Muppets u Odisea Burbujas, esta última con un potente mensaje ecológico contra la contaminación. A nivel local, propuestas guayaquileñas como Dr. Expertus, ideada por Galo Recalde junto a Ursula Strenge, demostraban que la juventud podía entretenerse consumiendo ciencia y pensamiento crítico.

Dibujos animados y comerciales: la transmisión de principios éticos y convivencia familiar

Los dibujos animados de esa época también jugaban un rol fundamental en la crianza. Lejos de la simple distracción pasiva, las series animadas de los 80 y 90 transmitían potentes mensajes heroicos, valores y principios bien definidos. Crecimos viendo historias como Mazinger Z, El Festival de los Robots, G.I. Joe, He-Man y Los Transformers, donde conceptos como la justicia, el honor, el trabajo en equipo, la lealtad y la lucha frontal del bien contra el mal se grababan en nuestra mente y se replicaban en los juegos del barrio.

Incluso las pausas comerciales de aquellos años aportaban de forma positiva a la sociedad. La publicidad de la época apostaba fuertemente por piezas creativas que impulsaban la convivencia familiar, rescataban las tradiciones locales y dejaban mensajes llenos de optimismo, solidaridad y calor humano. Recordamos con nostalgia cómo los zapatos Bunky nos hablaban del esfuerzo escolar, o cómo La Universal nos unía a través del dulce sabor de Manicho y las galletas Amor. Jingles entrañables como el del Atún Van Camp’s y su «tún tún tún» convocaban a todos al comedor, de la misma forma en que Mr. Pollo de Pronaca celebraba el valor de los almuerzos compartidos. Comerciales sencillos pero humanos de Plásticos Estela o Jabón Macho retrataban el día a día de nuestra gente con orgullo, mientras que las emotivas campañas de instituciones como el Banco del Pacífico o el Banco del Progreso nos inspiraban a ahorrar por un mañana mejor y a perseguir grandes sueños de superación. Estos cortes comerciales se convertían en espacios reales que unían a los hogares frente a la pantalla.

La cotidianidad del hogar también se enriquecía con la presencia de Gino Molinari, quien no solo compartía recetas culinarias, sino que dignificaba la gastronomía en la televisión con su carisma y cercanía, convirtiéndose en un verdadero maestro para el hogar. Asimismo, las cápsulas de Juanita Vallejo de Araujo se consolidaron como pequeños pero poderosos espacios formativos de civismo, consejos prácticos y valores humanos esenciales. Los jóvenes de entonces crecíamos queriendo imitar la elocuencia y el civismo de un gran político como Jaime Roldós Aguilera, sintonizando la emisión estelar de Televistazo con Alfonso Espinosa de los Monteros y la contundencia periodística de Alberto Borges, ambos referentes absolutos de credibilidad, rigor periodístico y respeto a la comunidad.

La trampa del morbo: cómo el algoritmo abarató el costo de la fama en el entorno digital

Hoy, el ecosistema digital ha abaratado el costo de la fama. Ciertos productores locales han elegido el camino más fácil y perezoso para enriquecerse: apelar al morbo elemental y explotar los instintos más bajos del ser humano. Es mucho más sencillo hacerse famoso encerrando a un grupo de personas a ventilar sus miserias, exponer su intimidad o tener relaciones sexuales de manera pública en una convivencia, que estructurar un guion con valor intelectual. El problema es que esta basura audiovisual no se queda atrapada en el dispositivo móvil; tiene un efecto de imitación social directo sobre nuestro núcleo comunitario. Cuando los medios normalizan la cultura del dinero fácil, la vulgaridad y la degradación, los jóvenes copian ese modelo. No es coincidencia que la saturación de contenidos tóxicos coincida con la normalización de conductas negativas en la calle y el incremento de los índices delictivos. La sociedad se desensibiliza, y lo que antes causaba un profundo rechazo, hoy se consume como entretenimiento cotidiano.

Esta degradación moral también ha provocado un quiebre en el mercado publicitario. En las décadas doradas de la televisión, las grandes marcas y corporaciones premium, como Diners Club o instituciones bancarias de alto target, abarrotaban las franjas comerciales. Había una parrilla digna donde las empresas podían potenciar sus productos sin temor a manchar su prestigio. Hoy, si se realiza una auditoría a estos polémicos realities digitales, se observará que las marcas serias brillan por su ausencia. Ninguna gran empresa corporativa arriesgaría su reputación asociando su logotipo al escándalo o a la bajeza moral. Estos programas terminan sosteniéndose con auspicios de bajo valor que solo buscan volumen de clics a cualquier precio, dejando en evidencia un vacío inmenso de contenidos aptos para la pauta premium.

Hacia una solución estructural: co-regulación mixta para recuperar el control ético de las pantallas

Esperar que esta situación se arregle por un cambio espontáneo de la audiencia es una utopía; intentar financiar proyectos culturales privados sobre un tejido social ya degradado equivaldría a intentar levantar un mega edificio sobre fango.

Sin cimientos, todo se hunde.

La verdadera rehabilitación debe empezar desde la raíz: exigiendo que los directores de los medios digitales y de los medios convencionales asuman su inmensa responsabilidad social, rompan con estos códigos de comunicación destructivos y dejen de intoxicar la mente de las mayorías.

Es hora de exigir formalmente al gobierno central y a las alcaldías locales que actúen. Si bien existe el derecho inalienable a la libertad de expresión, este jamás debe confundirse con el libertinaje de corromper la convivencia pública. No se trata de convertirnos en una sociedad de beatos, pues el entretenimiento siempre guardará una cuota natural de picardía y morbo sugerido, sino de censurar penal y administrativamente la degradación explícita y la apología de antivalores.

Para lograrlo de forma justa y transparente, sin caer en los peligros de la censura política de los gobiernos de turno, es urgente la creación de un comité rector de co-regulación mixta, inspirado en modelos de gestión colectiva como SAYCE. Este organismo debe estar integrado de manera equilibrada por catedráticos de las facultades de comunicación, consultores de comunicación, empresarios, productores de televisión tradicionales, creadores de contenido digital maduros y representantes de la ciudadanía. Un consejo de esta naturaleza tendría la potestad de someter las propuestas masivas de internet a un riguroso filtro ético antes de su difusión. Al establecer directrices claras, el comité podría aplicar una asfixia comercial inmediata a los infractores: aquellas producciones que crucen las líneas rojas de la dignidad humana perderían el sello de responsabilidad social, quedando inhabilitadas para recibir cualquier tipo de pauta publicitaria local. Solo recuperando el control ético de las pantallas podremos detener el rebote de la degeneración y empezar a sanar el núcleo de nuestra sociedad.

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